Facial Dentis

Facial dentis


Diagnóstico y tratamiento avanzado para la piel

El Atlántico no entiende de espejos, pero la piel sí. Entre la humedad persistente, los rayos que se cuelan con descaro en los días despejados y la vida urbana que nunca frena, Vigo se ha convertido en una especie de laboratorio a cielo abierto donde el cutis pone a prueba su paciencia. En ese escenario, la dermatologia medica quirurgica en Vigo da un paso al frente con una combinación de ciencia, tecnología y un toque de humanidad que parece robado a las mejores historias clínicas, esas que empiezan con un “no parece nada” y acaban recordando por qué la prevención y el control marcan la diferencia.

En consulta, el relato se escribe con lupa. No una cualquiera: cámaras de dermatoscopia digital que guardan memoria fotográfica, software que compara patrones con bibliotecas extensas y una luz polarizada que le quita al lunar sus secretos mejor guardados. “Mirar es saber; seguir mirando es entender”, dice una especialista mientras repasa un mapa corporal total, una cartografía que, como la de las Rías, revela giros, pequeñas entradas y acaso peligros ocultos. Con esa vigilancia longitudinal ya no se trata de aventurar diagnósticos al ojo; se trata de ganar tiempo, la moneda más valiosa cuando un cambio de milímetros puede definir el rumbo de un tratamiento.

No todo ocurre bajo el foco de la consulta. Una parte crece en remoto, en pantallas que acortan distancias desde O Berbés hasta cualquier parroquia de la periferia. La teledermatología, afinada tras años de práctica, clasifica, prioriza y orienta, y si hace falta convoca a una visita presencial sin esperar a que el calendario decida. “La foto es el principio, no el final”, explican. Aun así, la recomendación es inequívoca: hay manchas y lesiones que merecen verse en alta definición de persona a persona, porque la textura, la temperatura o la simple historia del paciente abren puertas que un píxel, por sí solo, no atraviesa.

Donde el diagnóstico pone la lupa, el tratamiento ajusta la puntería. En el terreno de las lesiones cutáneas complejas, la cirugía de precisión entra con bisturí corto y visión larga. Técnicas que permiten analizar márgenes en tiempo real hacen que el quirófano sea también laboratorio, una coreografía que reduce recidivas y ahorra tejido sano. Para el ojo no entrenado, parece un gesto casi minimalista; para la piel, una negociación fina entre seguridad y estética. Al lado, los láseres han dejado de ser cameo de ciencia ficción: los vasculares apagan rojeces persistentes, los fraccionados suavizan cicatrices y el CO2 calcula profundidad con la serenidad de quien ya ha visto mil dermis. Hay, además, terapias fotodinámicas para queratosis que prefieren la luz guiada a los arrebatos del sol de agosto, ese que presume de gallego pero pega como si hubiese aterrizado desde el trópico.

La agenda no olvida al acné adulto, que se rebela en el peor momento, justo cuando las videollamadas han convertido el rostro en una sala de reuniones perpetua. Más allá de los tópicos, se combinan retinoides de nueva generación con protocolos personalizados y un escrutinio de hábitos que entronca la piel con el resto del cuerpo, sin mitos y con métricas. La rosácea, esa facilidad para ruborizarse que no tiene nada de romántico, encuentra alivio en pautas que mezclan láser selectivo, medidas barrera y una educación del paciente sin paternalismos: entender qué desencadena la crisis es tan terapéutico como el propio fármaco, y aquí se pregunta mucho antes de prescribir.

Hay capítulos con olor a mar. Entre neoprenos y entrenamientos al aire libre, las dermatitis de contacto aportan su cuota de sorpresa: colas, metales, perfumes y resinas que no figuran en las etiquetas con letras grandes, pero sí en los parches de pruebas epicutáneas diseñados para desenmascararlos. El momento en que se descubre el culpable tiene algo de serie policíaca: un alérgeno sale esposado de la escena y el paciente, al fin, respira sin picor. No todo es detective: una vez termina el misterio, empieza la estrategia, porque evitar no siempre basta y, a veces, tocar la inflamación con la mínima fuerza necesaria es la única forma de que la barrera cutánea vuelva a confiar en sí misma.

La crónica continúa con patologías crónicas que han cambiado de apellido gracias a la biotecnología. Psoriasis y dermatitis atópica ya no obligan a pactar con el malestar: los biológicos y pequeñas moléculas afinan el dardo terapéutico y la cabina de UVB de banda estrecha se convierte en una aliada con horarios, dosis y evidencias, no en una recomendación vaga de “tómate el sol”. La piel, cuando se siente escuchada, agradece la rutina tanto como el resultado. Y no hay resultado sin seguimiento: controles programados, ajustes que anticipan el rebrote y, por el camino, la certeza de que el día a día cuenta más que cualquier foto del “antes y después”.

También están los lunares que crecen en silencio, las uñas que cuentan historias de traumatismos repetidos, los cabellos que remiten a efluvios tras temporadas de estrés y las cicatrices que necesitan un cierre digno, por fuera y por dentro. En cada caso, el valor no es sólo técnico; es narrativo. Un buen informe traduce jerga a claridad, nombra riesgos sin alarmismo y aterriza expectativas. Porque la estética no es un lujo cuando devuelve función, y la función, cuando se trata de piel, también es identidad. Que lo diga quien ha vuelto a ponerse una camiseta sin pensar en el roce, o quien sube a las Islas Cíes con la tranquilidad de una fotoprotección elegida con cabeza y no por la promesa más colorida del lineal.

A ratos, el humor sirve mejor que el espejo. “Si tu lunar lleva prisa, tú no”, suelta un médico al despedirse, animando a revisar cada cambio sin convertirlo en drama. El chascarrillo no oculta la seriedad de fondo: educar a la ciudadanía para que sepa cuándo consultar, y hacerlo sin estas carreras de última hora que tanto complican lo que pudo ser sencillo. Es una invitación a mirar la piel como lo que es, el órgano más visible de un cuerpo que a menudo sólo pide orden, constancia y ciencia aplicada con criterio.

Se dirá que el futuro ya llegó, con algoritmos que prometen acertar más y antes, y con dispositivos que caben en un bolsillo. Pero el presente, con especialistas que suman tecnología y juicio clínico, ya ha empezado a cambiarlo todo. En una ciudad que combina salitre y prisa, esa mezcla de precisión y cercanía se ha convertido en noticia cotidiana, de las que importan aunque no hagan ruido. Y si la piel es el diario que llevamos encima, bien vale que su redacción la firme gente que sabe leer entre líneas.